CARPETA GRÁFICA MIZU
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En febrero de 1990 la sonda espacial Voyager 1 se giró para tomar una fotografía de la tierra a más de 6000 millones de kilómetros de distancia. El objeto más distante fabricado por la humanidad nos devolvia una imagen en la que nuestro planeta se adivina como una mota débilmente iluminada por el sol sobre el oscuro abismo cósmico. Ese punto azul pálido, parafraseando las palabras de Carl Sagan, es nuestro hogar, el lugar en el que todos los que amas, todos los que conoces, todos los que alguna vez escu-chaste, cada ser humano que ha existido, vivió su vida...
Cuando sostengas esta carpeta en tus manos la distancia entre ti y el objeto mismo será la más cercana que puedas alcanzar, pero sobre todo, la primera vez que puedas asomarte a su luz interior. Sumérgete en ella y descubrirás que el azul no es un color frío, que el fondo marino no es insondable y que más allá de lo conocido no hay dragones sino la razón misma de la curiosidad. La cercanía intima con la obra forjará nuestra relación, un sentimiento de comunidad que manifiesta el vínculo que nos une, la pasión por la obra gráfica, de la que ahora formas parte.
El agua (Mizu en japonés) que supone el 70% de nuestro planeta y casi el mismo porcentaje en nuestro peso corporal sirve como hilo conductor, como corriente que guía manos e ideas, pinceles, punzones y gubias, por la que irremediablemente nos dejamos llevar sin movernos de nuestro estudio, taller, morada, cueva o como denominemos ese espacio fluido. Es el ojo del remolino que nos arrastra a las profundidades de un océano gráfico habitado por anhelos, miedos, ensoñaciones y pasiones; por aguafuertes, xilografías, litografías y serigrafías impregnadas de tinta azul. En su interior, los imaginarios y voces de artistas se funden en un único coro abisal que porta ecos de canto de sirena.
El azul como color de la distancia y en la distancia; como el día que llega a su fin o un lago que a medida que se vuelve más y más profundo absorbe el resto de los colores.
Pero también es el color del cielo, de lo divino y trascendental. No importa subir o bajar, no hay diferencia entre mirar arriba o abajo. El azul nos llama al infinito pues es el color del sueño y las ideas difícilmente realizables. De eso precisamente se nutren fantasía e imaginación, y es ese azul el que inunda la superficie del papel y desborda los límites de esta Mizu, nuestra carpeta gráfica que brilla como un punto pálido ultramar.